viernes, 21 de octubre de 2011

"COINCIDENCIAS"







En la última edición de la revista “Ñ”, el crítico Eduardo Villar escribió:

“Hace días experimenté la incomodidad de la ignorancia, cuando advertí con algún asombro que todo el mundo –incluidos mis amigos y conocidos- estaba perfectamente al tanto y con detalle, del talento y de los logros de un señor cuyo nombre yo era capaz, apenas, de asociar con el de una computadora”.

La misma incomodidad de Villar sintió el autor de estas líneas, ante la misma situación.

Sobre todo, cuando a Steve Jobs se lo comparaba con Einstein o John Lennon.

Buscando superar esa incomodidad de la ignorancia, recurrí a Internet y encontré en You Tube el discurso de Jobs en la Universidad de Stanford, en 2005.

Convengamos que ese discurso es a Jobs, lo que el recital en el estadio de Wembley, en 1986, es al grupo Queen.

Mirando el video, uno comprueba que no se trata de las palabras de un artista o un científico.

Mucho menos de un “humanista”.

Es, apenas, el discurso de un empresario que, como termina diciendo Villar en su columna, “para mucha gente es un ídolo… ¿será el espíritu de la época?”

Cuesta asociar el espíritu con lo que diga un empresario. Tanto o más que a un empresario lo llame todo el mundo “ídolo”.

Por lo general, los empresarios se dedican a ganar dinero; no a salvar el mundo.

Claro que no había asociado, hasta entonces, que, en inglés, “Jobs” significa “empleos”.

Y empleos es lo que está empezando a escasear en ciertas latitudes.

Lo advertí, recién, al ver una foto de “los indignados” de Wall Street.

“More Jobs and schools”, decía el cartel que portaba un ciudadano de color.

Vaya uno a saber por qué, inmediatamente, pensé en Julio César Cleto Cobos, quien el próximo 10 de diciembre dejará el empleo que tiene desde hace cuatro años.

Según “La Nación” del domingo, “Cobos va a ser abuelo y volverá a la ingeniería”.

“Feliz por la noticia familiar, no dejará la política, pero sí los cargos”, -anuncia la bajada.

Pensar que a este señor también se lo llamó “ídolo”, no hace mucho tiempo.

Otra coincidencia.

Bastó que el movimiento de “los indignados” llegara a Wall Street, para que el gobierno norteamericano denunciara un complot terrorista.

Complot que, -según se dijo-, podría haber llegado a nuestras playas.

¿Realidad o “manotazo de ahogado”?

Claro que una cosa es brindar por “la primavera árabe”, y otra “los indignados europeos”.

Menos aún que éstos se reproduzcan de este lado del Atlántico, en pleno corazón financiero mundial.

A principios de año, parecía que con Facebook y Twitter alcanzaba para derrocar unos cuantos dictadores del desierto.

Era el momento de festejar porque la tecnología creada por el mismo Steve Jobs había logrado lo que la política y la guerra no se habían atrevido a hacer.

“Pero el petróleo es más fuerte”, podría cantar uno, sobre la canción de la película “Tango feroz”.

Después, las redes sociales se trasladaron a la Puerta del Sol.

Si los árabes, con su desigualdad de género y sus teocracias pudieron; ¿cómo no podía pasar lo mismo en Occidente, con su Democracia, sus libertades y su Estado de Bienestar?

Pero Europa tuvo su Revolución Francesa y su Mayo Francés; y el “American Dream” es individualista por naturaleza.

Esas cosas no podían pasar; hasta que ocurrieron, en las últimas semanas.

Sin dudas, el mundo ya no es el que era. Ni en la “Guerra fría”, ni después de la caída del Muro de Berlín, ni después del derrumbe de las “Torres Gemelas”.

Ya no están entre nosotros ni Sadam Hussein, ni Osama Bem Ladem, ni Muammar Gadhafi.

Lo que debería ser un llamado de atención para los líderes y los gobiernos.

Sobre todos aquellos que reparten computadoras.

Todo esto parece haber empezado con Facebook y Twitter.

Ahora, los pobres del “Coño Sur” y de los llamados “Pigs”, también se podrán “indignar”.

Como cualquier sometido a una “Teocracia”, o como cualquier ciudadano del “Primer Mundo”.

Lo cierto es que en este mundo que ya no es lo que era, uno vive enterándose que “los reyes magos y Papá Noel son los padres”.

Como si uno no dejara de creer en lo que le han dicho o leído.

Resulta que, ahora, Vincent Van Gogh no se suicidó.

Según dos escritores norteamericanos, que ganaron el Pulitzer, en 1990, al pintor se lo cargó el hijo de un compañero de cantinas, que se andaba haciendo el “cowboy” por un campo de girasoles.

Menos mal que cuando ocurrió esta escena, en 1890, John Wayne no había nacido, y el invento de los hermanos Lumiere no se había masificado.

Entonces; ¿qué se podría esperar en estos días del cine 3D?

Dicen que “el viejo Vicente” tuvo códigos. Que, al llegar al hospital, deslindó de toda responsabilidad a su compañero de “borracherías” y a su hijo; y se aferró a las cartas a su hermano Teo.

Pienso qué podrían publicar, dentro de ciento once años, los ganadores del Pulitzer que se les ocurra investigar la muerte de Sadam Hussein, Osama Bim Ladem y Muammar Gadhafi.

Y este domingo, en el país más austral del Coño Sur, habrá elecciones.

Todo parece estar dicho.

Hasta quienes se empeñan en su insinceridad.

En quienes, el lunes, tendrán que salir a buscarse un empleo.

“Job”, en inglés. Como el apellido del tipo que compararon con Einstein, Gandhi y Lennon, un empresario, al que uno asociaba, solamente, con las computadoras.

Y perece que era un “ídolo”, “el espíritu de la época”.

Buenos Aires, 20 de octubre de 2011

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